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martes, 28 de octubre de 2008

Mr Darcy

"-He luchado en vano. Ya no quiero hacerlo. Me resulta imposible contener mis sentimientos. Permítame usted que le manifieste cuán ardientemente la admiro y la amo".


Orgullo y Prejuicio, Jane Austen (1813)


Con estas palabras se declara Fitzwilliam Darcy a Elizabeth Bennet en mi obra favorita de Jane Austen. Es un cúmulo de frases comedidas, pero increíblemente románticas (sobre todo considerando la lucha interna que Mr. Darcy ha mantendido consigo mismo durante meses, sus reparos, su orgullo y todo lo demás que tanto nos gusta y apasiona).


Vale, ahora vamos a hacer un juego. Vamos a trasladar estas frases a un contexto de novela rosa. ¿Qué pretendemos hacer con esto? Demostrar que:

1. Las novelas rosas son muy entretenidas, pero se escriben como churros.

2. Nothing is sacred.


Comencemos:


-Ingrediente número uno: descripciones arbitrarias y exaltación de los rasgos más llamativos, hasta que la imaginación transforme al personaje original en una ilustración de novela rosa.


"Elizabet comprobó, disgustada, que se trataba del mismísimo Mr. Darcy. Admiró su porte, su cuerpo bien formado, su pecho amplio y los fuertes brazos que tan bien ceñía la chaqueta de paño azul. El tejido hacía juego con sus ojos, resaltándolos y haciendo que brillaran en la débil luz que iluminaba la salita de estar. Había algo desconocido en esa mirada. Un fuego azul que ella empezó a temer... y a desear"


-Ingrediente número dos: tensión sexual, nivel 1.


"Él se sentó unos instantes, para luego levantarse y caminar por la estancia, agitado. Finalmente, se aproximó a ella, sujetando gentilmente sus hombros, clavando esa mirada torturada en los ojos oscuros que le contemplaban, confusos. Se detuvo un segundo en la contemplación de los voluptuosos labios femeninos, que permanecían entreabiertos, en un gesto de expectación"


-Ingrediente número tres: tensión sexual, nivel 2.


"Elizabeth comenzaba a sentirse temerosa. Reconocía instintivamente la pasión que emanaba Mr. Darcy, pero no quería aceptarlo. Su cuerpo empezó a responder a la sutil caricia del firme cuerpo masculino que la sostenía. Brotó de su garganta un jadeo entrecortado cuando él se apretó más contra ella, dejando que el calor que le abrasaba la invadiese también. Sus rostros estaban a meros centímetros el uno del otro"


-Ingrediente número cuatro: diálogo trastocado.


"-He luchado en vano -dijo él, apoyando su frente en la de ella, cerrando los ojos con expresión torturada - Ya no quiero hacerlo - volvió a abrirlos, fijando en ella una mirada que la atravesó - Me resulta imposible contener mis sentimientos. Permítame usted que le manifieste cuán ardientemente la admiro y amo"


-Ingrediente número cinco: la "demostración", esto es, una escena de sexo ardiente sobre el pianoforte (escena que no voy a escribir, porque no estoy tratando de hacer un fic. No hoy, al menos).


En fin, esta ha sido mi demostración. ¡Toda novela es profanable! Si tenéis alguna solicitud, por favor, comunicádmelo.

lunes, 27 de octubre de 2008

Frozen footprints

Que distinto es todo cuando te dispones a abandonar la piel vieja, dejando atrás toda una maraña de antiguas costumbres y polvorienta comodidad. Para empezar, hace más frío.

Era aún de noche cuando salí de casa. Las farolas confundían a los pájaros, elevando su piar hipnotizado en el falso amanecer. Una nube de vaho permanecía delante de mis labios secos, su forma variante según el trabajo que me costase respirar. La maleta que arrastraba me dificultaba el camino, pero la cargaba de buen grado.

Mientras que en mi bolso había incluído apenas un par de pantalones, una camisa y escasas prendas íntimas, el pesado macuto que intentaba en vano levantar iba cargado de libros. Las completas de Austen, algo de Luca de Tena en edición de bolsillo, paperbacks de Neil Gaiman comprados por una amiga en Shefield... Una pequeña biblioteca que parecía crecer a cada paso que daba. Quizá era mi mano la que se empequeñecía, contraída por los nervios y el frío.

Llegué al camino embarrado que conducía a la estación de tren. El lodo se había congelado, y la escarcha formada en la superficie crujía bajo mis pies. Resbalé un poco cuando una pisada enérgica rompió la dura costra de fuera, haciendo que me encontrase con algo de barro fresco. Mantenía la mirada baja, sin atreverme aún a mirar hacia delante. Miles de pies habían caminado sobre ese tramo, dejando sus huellas impresas en el suelo, fósiles acusadores del pasado inmediato.

Miré hacia atrás y comprobé con satisfacción que mi huella también había quedado marcada en el trozo blando de tierra sobre el cual había resbalado. Un cambio en la textura de ese mismo camino me hizo volver la cabeza, y cuando me quise dar cuenta, estaba dentro de la estación, y la calefacción masiva me calentaba a toda prisa la cara y las empequeñecidas manos.

viernes, 12 de septiembre de 2008

El sabor de la estupidez

Desarrollando la idea que me dio Rocío:

El Sabor de la Estupidez
by flordesombra

De repente, todo enmudeció y una terrible oscuridad asoló el paisaje....cuando pudo fijar la mirada, se quedó petrificado... La gente a su alrededor permanecía igual de silenciosa. Algunos se llevaban la mano a la boca, otros parpadeaban, apartando las lágrimas; había sido la mejor película de la historia.

Abandonó su asiento, caminando hacia la salida como en un sueño. El olor a palomitas le dio náuseas y tuvo que correr para alcanzar el baño a tiempo. Echó todo sobre la loza húmeda; su descontento, su envidia, su rabia y la honda pena que le estaba royendo el espíritu.

Kent B. Wald estaba acabado. Lo sentía. Podía olerlo, detrás de la peste del vómito. Ese cabrón de Thornfield Kukavica le había dado la puñalada de su vida. Si la película había sido un éxito era porque él la había sangrado. Había destilado esa maravilla de sus propios fluídos, caldeándolos con amor y recogiendo cada gota con paciencia durante cindo años. Había dedicado tanto a ese guión...

Tanto, que había perdido la noción de la realidad. Su equipo le había dejado después de pasarse dos años viendo cómo él creaba a paso de tortuga mientras ellos se quedaban de brazos cruzados. Los productores le habían retirado cualquier apoyo económico. Al principio eso no había sido un problema para Kent, tan inmerso estaba en su criatura. Pero a los cinco años, con el guión terminado y deseando hacer de su idea algo corpóreo, se había visto solo. Tenía un taco de 500 hojas en las manos, y no podía hacer nada con ellas.

Había llamado a todos, pero nadie había querido saber nada. Todo el mundo creía que, tras pasarse media década pegado a la máquina de escribir, se había vuelto loco. Nadie esperaba nada de su guión. Pero los rumores de que Kent B. Wald había vuelto al mundo resonaron por todo el país.

Y Kukavica había llamado a su puerta, con dos zorritas enganchadas de sus brazos famélicos y agujereados, y había empezado con el peloteo. "Yo sé que eres un genio" le había dicho "Pero, ¿lo sabe alguien más? No lo creo..."

Yonki de las pelotas.

Y Kent se había mirado las manos, había tragado saliva y había pensado un montón de insultos que escupir a su cara amarillenta. Pero luego sus ojos se había clavado en el montón de quinientas hojas de papel fino que contenían su esencia destilada. Y había pensado que era una crueldad dejar que algo muriera antes de ver mundo. O de que el mundo lo viera.

Fue el apretón de manos más desagradable de toda su vida, incluyendo los juramentos con saliva de cuando era niño. Las dos mujeres se habían mirado y habían sonreído con sus bocas gélidas.

"Ya verás", había dicho Kukavica "esto será tu resurgir. Todo el mundo querrá ver una colaboración Wald&Kukavica. Volverás a brillar". Cómo se había asegurado de decir su nombre en primer lugar, sonriendo con esos dientes grises.

Y la película había salido, y él se había aterrorizado al darse cuenta de que nadie le había llamado, ni le había invitado al estreno. Acudió a regañadientes, con el estómago hecho un nudo, a ver lo que Thornfield había hecho con su criatura.

Una puñetera obra maestra, eso era. Pero, en lo que respectaba a él, no le habían concedido ni una mención en los créditos. Se había agachado, le habían dado por culo y no le habían dejado ni el dinero para el taxi en la mesilla de noche.

Kent B. Wald miró al techo. La luz mortecina le cegó. Tiró de la cadena y caminó hasta el lavabo, todo tembloroso y con una mancha violácea en la retina. Se lavó la cara y escupió, intentando sacarse el sabor de su propia estupidez de la boca. Sospechaba que no iba a conseguirlo nunca.

FIN
Por favor, comentarios a tutiplén.

martes, 8 de enero de 2008

La casa de las cinco pruebas 3

No sólo ocurrían cosas increíbles y maravillosas, le dijo una vocecita molesta en su cabeza. También sucedían cosas malas. Cosas imposibles de describir con palabras. Juhanni lo había intentado sin éxito, antes de morir. Sus papeles amarillentos y llenos de tachones temblorosos eran el testimonio impreciso que quedaba en la biblioteca. Ella los había leído tan sólo una vez, y había decidido no hacerse la valiente quedándose en el edificio pasada la medianoche. En ese momento los fantasmas del pasado, como los llamaba Juhanni, se hacían demasiado fuertes. Sobretodo para una chiquilla como ella.
Sonó el carillón del tercer piso, dando las diez. Se levantó con pereza y bajó las escaleras, escuchando el siseo apagado de las lámparas de aceite apagándose tras ella. Las puertas se cerraban, las cortinas se corrían. La biblioteca estaba yéndose a dormir.
Evitó el tenebroso pasillo plagado de entidades sin materia, y salió por la puerta de atrás, atravesando la cocina ennegrecida. No había problema al salir, pero al entrar no tenía más opción que correr entre los fantasmas, conteniendo las ganas de gritar de terror. Era como si el edificio la pusiera a prueba.
El frío húmedo del bosque hizo que se ecogiera en su enorme abrigo rojo. Caminó, atajando por el bosquecillo de hayas, siguiendo el olor a humo que siempre la conducía a casa de Emmelina. La cabaña achaparrada que era su hogar emergía como una seta, rodeada por los árboles que apretaban sus paredes. Cuando soplaba el viento en sus copas, la casa entera se zimbreaba.
Entró sin ceremonias y cerró la puerta con energía, encajando eficientemente la madera en los sitios precisos para que no se abriera.
Emmelina estaba, como no, cocinando. Un par de gatos arriesgaban el pellejo paseándose entre los hinchados tobillos de la mujer. Uno de ellos perdió la apuesta al salir despedido de una patada.
-Siéntate -dijo Emmelina - Estoy preparando un puchero con lo que quedaba en la despensa. Hasta dentro de dos días no habrá más que esto y cecina, así que no protestes, a menos que quieras largarte con el estómago vacío.
-No vas a librarte de mí tan fácilmente.
La risa profunda de la mujer añadió un toque especiado al guiso. Las patatas asomaban entre los granos de arroz y avena. Algunos trozos de jamón seco daban pinceladas de color a la marea amarilla y espesa.
-¿Has estado en la biblioteca? -había cierto reproche en sus palabras. Como a casi todos los adultos que había conocido, no le agradaba que paseara sola por el bosque, y mucho menos por el alto edificio blanco.
-Sabes que sí -tomó una cucharada de comida que le supo a gloria.
Comieron en silencio. Rebañaron con pan de centeno las últimas gotas de caldo, y se echaron hacia atrás en la silla, barriga en ristre. Emmelina se urgaba los dientes con la lengua, buscando algo para el postre.
-Esa casa te quiere. Lleva mucho tiempo lamentándose, buscando un propietario que esté a la altura. Juhanni podía haberlo hecho bien, pero era muy viejo. Además, se pasó casi toda su vida intentando saber qué era eso tan horrible de la entrada. Ni siquiera le echó un vistazo a las otras habitaciones....
-Juhanni tenía sus propias prioridades.
-Viejo chiflado... -masculló Emmelina - Deberías ir a vivir a la biblioteca. Podrías abandonar era cueva en la que vives.
-No podré hacerlo hasta que no pase su reto.
Por un momento sólo se escuchó el crepitar del fuego. Emmelina abrió sus grandes y hermosos ojos negros, en un gesto de sorpresa.
-¿A qué te refieres? ¿No estarás siguiendo los pasos de Juhanni, no?
-No los sigo. Intento ir más allá. En cuanto me libre de los espíritus de la entrada, podré vivir allí. Pero de momento me tendré que quedar en mi cueva, como la llamas tú.
-Úrsula.
Las manos callosas de la anciana se cerraron sobre las suyas. Las manchas de edad en el dorso trazaban el dibujo de un sol si pintabas una línea uniéndolas.
-Estaré bien, Emmelina. Sólo tengo que pasar la prueba.