Cuando un camión pasa a un metro de tí sobre un charco de LLUVIA y te empapa hasta las rodillas, no vienen a tu mente pensamientos románticos, precisamente.
Cuando sales del trabajo y ves que el cielo que antes era de un límpido azul se ha vuelto gris-apocalipsis, no percibes la vida en el aire.
Cuando te cae la de Dios porque tu paraguas ha volado como un murciélago hace dos segundos, y tienes el pelo pegado a la cabeza por el agua de LLUVIA pantanosa que cae en Madrid, no te limitas a sentir melancolía.
¿Qué otra cosa puedes sentir cuando las calles están más atestadas que nunca, y no paras de enganchar con tu paraguas el de la vieja de al lado? No puedes andar erguido, tienes que acurrucarte debajo de tu única protección, que se reduce a un armatoste de tela "impermeable" y varillas que dura tanto como un bollo en la puerta de un colegio.
¡¡¡Nos hemos dejado atrapar por el romanticismo literario que otorga a la lluvia un valor que no merece!!! ¡¡No tiene por qué ser bonita!! ¡¡No tiene que resultarnos relajante!! Sí, es necesaria, vale, pero no nos hace las cosas más fáciles, precisamente. Al menos en la urbe. Carajo.
La Mo, resucitando una hoja de cuaderno que garabateó con furia hace un mes.
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Sin comentarios.
(¿Está bien el título? Lo he leído y reescrito tantas veces que ha dejado de tener sentido...)
