Tuve un sueño, una vez. Un sueño extraño y arrítmico, que me llenó de inquietud.Caminaba por calles grises, sintiendo que tenía que correr. ¿Para llegar a alguna parte? ¿Para huír de algo o alguien? Aceleraba el paso de vez en cuando, sin poder correr, tan sólo alcanzando ese trote pesado y agobiante propio de los sueños.
Estoy segura de que mis pies se agitaban bajo las mantas mientras dormía.
Había flores en el sueño. Flores pequeñas y amarillas que me recordaron a mi infancia. Y juncos altos, zimbreándose en los bordes de una charca verde esperanza.
Cogí flores, pero sólo quedó en mis manos el residuo maloliente y amarillo de sus pétalos, mezclados con mi sudor. Caminé al lado de un desconocido, y siguiéndole llegué de nuevo a la ciudad.
Hacía frío. No podía dejar de decirlo en voz alta. Frío. Frío. Frío. F-R-I-O.El desconocido se convirtió en mi difunta bisabuela. Había aviones en el cielo, aviones antiguos, como de la segunda guerra mundial, Spitfires y demás. Tenía que irme. No sólo yo, sino todos los míos.
Pero mi bisabuela no quería ir. No tenía nada que hacer, se quedaría donde estaba. Un pena honda y espesa llenó mi cuerpo como si fuera una vasija vacía. ¿Cómo íbamos a dejarla atrás? De pronto, mi bisabuela se había transformado en mi padre, y la tristeza se hizo infinita.Nunca más volvería a sentirme contenta.
Empecé a llorar, abrazándole, mirando nuestras sombras proyectándose en una pared de ladrillo claro. Mi palestina aleteaba, atrapada en una ráfaga de viento.
Y el llanto no cesaba. Me estremecía completamente, me desgarraba. Acabé despertando, todavía llorando en seco, hasta que el recuerdo del sueño provocó un torrente de lágrimas.
No importaba que ya estuviera a salvo. De momento, no importaba.